Mi siguiente destino en esta, mi primera ruta de deshabitados, me llevaba a uno de los conocidos pueblos negros. Mis opciones para llegar hasta él era una cómoda y transitable pista forestal o una azarosa travesía por la montaña y el bosque. Mi elección, debido a la larga distancia que me separaba del lugar, fue la primera, sin embargo, por algún motivo que aun a día de hoy desconozco, me interné por la profundidad del bosque que abrazaba esa segunda opción.
No fue hasta trascurridos más de tres kilómetros de mi punto de partida que me di cuenta de que me había ido por el paraje equivocado. Lo primero que me pregunte a mí mismo fue "¿Yo no iba a irme por el otro camino?", pero ya era tarde para dar media vuelta, así que finalmente proseguí la senda. ¿Me equivoqué? Sí, ¿me arrepiento? PARA NADA. Mi transitar estuvo marcado por innumerables momentos que hicieron de esa travesía una delicia. Desde la tensión de cruzarme con una familia de jabalís, ser sobrevolado por buitres y cruzar cauces secos de ríos hasta la magnificencia del paisaje que me envolvía. ¡Bendito error!
Finalmente, tras unas horas de deambular por la montaña, ambos caminos confluyeron hasta conducirme a la entrada al deshabitado que era mi objetivo del día. Sin embargo, como si de un juego de rol barato se tratara, la entrada al núcleo estaba custodiado por una vaca que no tenía mucha intención de apartarse para permitirme el paso, así que tuve que improvisar y saltar por encima del pequeño muro que delimitaba el pueblo.
Una vez ya al turrón, me encontré ante un pueblo de tamaño descomunal y dividido en dos partes muy bien diferenciadas. En una, la parte alta, con casas más pudientes, mientras que el núcleo principal de la población se encontraba en la parte baja. Ambas flanqueaban un imponente acantilado que era sobrevolado sin cesar por todo tipo de aves.
Era el año 1954 cuando la presa que se construyó en el lugar inicio el anegamiento de estas tierras, sumergiendo bajo sus aguas los lugares de cultivo y pastoreo de los 54 vecinos de esta y otras aldeas próximas.
En la década de los 60 la emigración azotaría con fuerza el sitio. La ausencia de servicios básicos como electricidad y agua y la dificultad para acceder al pueblo debido a la ausencia de un camino transitable haría mella en la población que iría marchándose lentamente. Sin embargo, este hermoso paraje aún tenía que sufrir un nuevo revés.
En 1972 ICONA expropia las tierras para dedicarlas a la reforestación, con la intención de plantar pinos en ellas. Los pocos que resistían en el punto se vieron obligados a abandonar sus hogares de forma definitiva, más cuando la propia ICONA tenía la firme decisión de reducir a escombros este y los otros pueblos expropiados.
Sin embargo, cuatro años después, una agrupación de arquitectos consigue evitar la demolición de las casas y así salvarlas de la destrucción. En 1988 los antiguos propietarios y sus descendientes se agrupan en asociación cultural con la firme decisión de luchar por revertir las expropiaciones y recuperar lo que por derecho era suyo.
Corría el año 2007 cuando la restauración de parte del pueblo llegaría a término. Desde entonces, lentamente, pero sin descanso, se han ido reformando diferentes rincones y edificaciones de este delicioso lugar representativo de la arquitectura negra.
La fuente del pueblo, se encuentra totalmente seca. De ella solamente brotaba la vegetación.
Sobre estas líneas, la iglesia de la inmaculada concepción. Deliciosamente restaurada y a día de hoy, abierta al culto.
Un sistema de seguridad de última generación...
Me sorprendió el inmenso tamaño de esta población. Ya que una vez había recorrido todo el núcleo principal, y habiéndolo dado ya por visto, en la lejanía, iban surgiendo más y más construcciones sin cesar. Muchas de ellas ya totalmente arruinadas y en el suelo y otras, las que menos, en un mejor estado de conservación.
Detalles que uno fue encontrando durante el trasiego por este lugar. Desde cerámicas, que vaya a saberse cuanto tiempo llevaba en ese rincón, cuernos coronando puertas, hasta portalones decorados con sumo gusto.
La plaza de Oriente, dando la espalda al edificio de la iglesia, un buen rincón para sentarse, refrescarse y recuperar fuerzas tras unas largas horas de paseo por la montaña y el mismo pueblo.
Un pasadizo, no accesible, se adentra dentro de una de las propiedades. Está cercado por una puerta de madera. No olvidéis respetar siempre los lugares cerrados. No me cansaré nunca de repetirlo.
Ya en la zona exterior del núcleo, una interminable cantidad de estructuras esperan a ser visitadas. Esta que se encuentra sobre estas líneas, estaba en obras, creo que desde hace muchas décadas.
Un fantástico horno revestido de pizarra, la tónica general en estos pueblos negros, reina majestuoso en el patio de esta casa, la cual luce en perfecto estado de conservación. Está claro que fue reformada con un gusto exquisito.
Hora de despedirse de este deshabitado tras horas deambulando entre sus calles y casas. Debo confesar que fui incapaz de explorarlo por completo, porque debido a su extensión, no dejaban de aparecer más construcciones en la lejanía. Un lugar enorme, digno de dedicarle todo el tiempo del mundo.
En mi camino de regreso al coche, esta vez sí que fui por la pista forestal. Tal vez una senda de regreso menos fotogénica que la anterior, pero más cómoda. De todos modos, un antiguo molino situado junto a un pequeño arroyo dio el punto final a este día lleno de emociones y belleza. El lugar y la sensación de saber que este rincón perdido en la montaña se conservará digno durante el tiempo que reste quedaría marcado a fuego en mi memoria. Ya lo dije al comienzo del post, bendito error.