En lo alto de un risco y tras un largo y soleado camino, llegamos a este deshabitado milenario, en el cual, lo primero que se divisa sobre el borde de este, son los restos de su magnífico castillo luchando por mantenerse en pie. Fue este un pueblo marcado, tal vez, por una serie de decisiones que favorecieron aún más su despoblamiento.
Esta fortificación fue levantada con anterioridad al siglo XII por los musulmanes y fue conquistada por los cristianos en 1139. Más tarde sería donado a la orden de Santiago y se levantaría un primer poblado a la sombra de sus muros.
La entrada a la torre se realiza por estas ya casi imaginarias escaleras. Una vez abajo, uno se da cuenta de la grandeza e importancia de este sitio de unos 3 o 4 alturas aproximadamente. De los suelos ya no queda nada, tan solo las marcas que a uno le hace suponer que ahí hubo un sitio en el que pisar.
Abajo y de frente podemos observar el otro muro que da forma al castillo. En la parte más alta se abre una ventana que iluminaba todo ese piso. Al fondo vemos un tiro que probablemente se tratara de una chimenea y su correspondiente tiro de ventilación. Pero ahora vamos a “escalar” hasta el primer piso, que es el único accesible que queda.
Una vez hemos ascendido hasta el primer piso se nos revela la planta de abajo en toda su grandeza, pero también una dramática grieta en su lado izquierdo, la cual amenaza seriamente la estabilidad de la torre. Posiblemente, no le quede mucho tiempo y termine colapsando precipicio abajo. A mi espalda un ventanuco y una grieta en la pared permiten observar los enormes terrenos de cultivos que contrastan con la aridez que invade el terreno solo unos metros más arriba.
Ya en la lejanía, a unos cientos de metros, toda la antigua estructura del castillo, sus muros y su antiguo poblado. Diferentes cuevas salpican todo el terreno, en las cuales se debían almacenar víveres y también aceite, agua, etc.
Para paliar los efectos de tales carencias, se ofreció a los vecinos de aquí una línea de electricidad para poder dotar de energía al sitio. Del mismo modo se hizo con el agua. Consultados los vecinos, estos se negaron a recibir tales servicios, debido a que debían aportar cada uno de ellos una cantidad de dinero para sufragar la obra. ¿Fue esa la decisión que marco el futuro del sitio? ¿Se hubiera salvado el pueblo si hubieran aceptado tener agua y electricidad? Son tantos los lugares que sí lo tuvieron y que terminaron igualmente deshabitados que es difícil responder a estos interrogantes.
La ermita es el único edificio que resiste aquí. De reciente restauración, aún recibe a los antiguos vecinos y sus descendientes para la festividad del pueblo.
A día de hoy ya solamente las ruinas, los cascotes, la decadencia y las
pintadas salvajes en las fachadas de los edificios es lo único que
podemos encontrar aquí. Atrás quedaron los ruidos de los vecinos, sus
animales. Ahora solamente el viento ronda las calles de este abandono… y
algún que otro curioso explorador con su cámara.















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