Difícil resultó dar con esta pequeña aldea sureña. Es lo que tiene confiar en el GPS mientras conduces y las confusas señales automovilísticas que pululan en la carretera. Pero tras un rato investigando, finalmente conseguimos dar con el punto idóneo para iniciar la exploración en este abandono. Tras unos minutos de ascenso, el polvoriento camino que se abría ante nosotros nos llevó a la entrada del sitio.
Este pintoresco lugar se encuentra separado en dos barrios diferentes, comunicados estos por unas fotogénicas escaleras que ayudaban a salvar los desniveles con los que los sufridos residentes de aquí debían convivir para ir de un sitio al otro.
Aproximadamente una veintena de estructuras se encaramaban por los escarpados suelos del paraje. Debido a su lejanía y a la ausencia de agua potable fácilmente accesible, la despoblación de este pueblo empezó a hacerse notable en la década de los años 50 a 60. La última de las viviendas cerraría puertas y ventanas definitivamente en el año 1969.
Una vez ya nos hemos puesto en situación, podemos proseguir explorando las diferentes viviendas del sitio. Prácticamente, todas se encuentran en el mismo estado ruinoso, solo en algunas excepciones, accedemos a alguna casa en un estado más presentable. Aquí en concreto aún podemos observar una pequeña cocina a butano, no sé si contemporánea de la casa, mientras al fondo, una chimenea, flanqueada por dos fotogénicos estantes, preside lo que debía ser el salón de la vivienda.
Misteriosas escaleras nos conducirían a un primer piso, en el cual, probablemente, encontráramos una habitación a cada lado de los peldaños. Pero ya os aviso de antemano, aún estaba en mi primera época de exploraciones, así que no consideré ascender hasta esa primera planta. Tengo esos retos pendientes para un futuro no lejano, ¡os lo prometo!
Una asombrosa panorámica desde el barrio de abajo nos permite disfrutar de la visión directa de los edificios que se encuentran en lo más alto de la peña. Esta fantástica vista viene rematada por la presencia de unos ya floridos almendros, dando al lugar un toque de belleza y hermosura que contrasta con la decadencia que inunda este deshabitado. Incluso donde menos te lo esperas, ¡las sorpresas aguardan!
Una vez arriba, una única vía nos lleva de recorrido por las diferentes fachadas que aún soportan el peso del tiempo. Parece mentira que décadas atrás esto fuera un punto bullicioso. Uno casi puede sentir el trasiego de vecinos y animales por aquí.
Una paraeidólica chimenea aún conserva el azulete en algunos puntos. Todo el calor y la lumbre que pudo generar ya está dada. Ahora solo las plantas se arremolinan frente a ella en busca de luz y algo de la escasa humedad que hay aquí.
La caída de la fachada en este edificio nos muestra sin pudor sus
intimidades. Sus vigas combadas, que ya no sostienen ni el cañizo que
conformaba el techo, nos anuncia que el colapso del resto de la
estructura era prácticamente inminente. Más de cinco años han pasado
desde mi visita aquí, ¿seguirá en pie o habrá sucumbido ya?
Otra excelente estructura que resiste el salvaje paso del tiempo. Damos en esta parte de arriba del pueblo con el horno comunitario, dedicado a la cocción de panes y otros alimentos. Con cuanta entereza resiste, sin daños ni desgastes graves y la de insuperables viandas que se debieron cocer en él, sin duda eran otros tiempos.
¿Quién viviría aquí?, me pregunta muchas veces al entrar en estos sitios, ¿a qué se dedicaría? La de años dedicados a confeccionar este hogar y cuan ingrato momento debió ser aquel en el que, sin otro remedio, decidieron liarse la manta a la cabeza y abandonar este sitio
para ir en busca de una vida mejor.
Un vetusto somier de madera y malla metálica aún se encuentra en lo que, deduje, era la habitación. Rodeado de unos pocos escombros y del sempiterno azulete en las paredes, su dueño ya no volverá a dormir en él. Lejos se encuentra esta rudimentaria estructura de los ultramodernos somieres y colchones modernos de exóticos materiales y características.
Era ya hora de empezar la retirada tras una jornada intensa de urbex y exploración, ya que no solamente nos dedicamos a recorrer este núcleo. Los días invernales son más cortos y fríos. Prueba de ello es el sol, ocultándose tras la cima que acoge los restos de esta aldea, proyectando su sombra sobre ellos, dando aviso que el día llega a su fin, al igual que lo hizo la historia hace más de cinco décadas.














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