Como si un mausoleo dedicado al pasado se tratara, esta impresionante mole compuesta por una veintena de bloques, se alza sobre el desolado paisaje que nos rodea. Exploramos en esta ocasión otro poblado minero de pantagruélicas dimensiones y que impresiona ya solo con echar una primera mirada.
Los bloques, todos clónicos entre sí, se dividen hasta en una veintena, todos de dos alturas y separados por amplias vías, las cuales están prácticamente tomadas por la vegetación y dificultan lo indecible el trasiego que aquellos que deciden revivir, de un modo extremadamente ligero, las andanzas de quienes residieron en este lugar.
Corrían los años 50, y la empresa que se dedicaba a la explotación de la mina del sitio requería de trabajadores, muchos, tantos que este poblado estaba preparado para acoger hasta casi un millar de personas en el interior de las 200 viviendas que lo conformaban. Los trabajos de construcción finalizaron en el año 1952. Su vida sería breve, pero intensa. Era 1958 cuando quedo vacío.
Uno transita dentro de los muros de estas viviendas, que contaron con todo tipo de detalles y lujos para la época, y observa con desazón como el trascurso del tiempo ha hecho mella en ellas. La vegetación salvaje se cuela por sus ventanas mientras el paso del tiempo ha ido desconchando y destruyendo las paredes que antaño acogían a familias. Historias almacenadas entre estos muros que se diluyen bajo eternas capas de polvo y escombros.
Una golondrina decidió que este era buen lugar para construir un nido para ella y su progenie.
"Calle A sin número". Todo tipo de servicios estaban presentes aquí. Contaban desde un hospital equipado con todos lo necesario hasta cine, pasando por cuartel de la guardia civil, biblioteca, escuela, panadería… En verdad no tenían carencias de ningún tipo y sus necesidades se encontraban bien cubiertas.
Las escaleras siempre nos dan la bienvenida, entremos por donde entremos. A los pies de estas, los portales laterales nos otorgan paso a las viviendas bajas. Pero si decidimos subir hasta la primera planta, cosa a la que aún no me atrevía, encontraríamos la misma distribución lateral de la vivienda. Es decir, una casa a cada lado. Todavía era un aprendiz en esto del urbex, ya tendré tiempo de volverme intrépido.
El techo de este último piso se rindió al paso del tiempo y a las inclemencias del clima, dando a parar su típico techo de cañizo contra el suelo. Uno pasea por las desiertas calles de este lugar y no deja de imaginar al casi millar de personas que residían aquí en sus quehaceres diarios, o yendo y volviendo de la mina, con sus uniformes oscurecidos por el polvo. Más de seis décadas después, ya no queda nada de ello, tan solo los vestigios de vidas pasadas, vegetación fagocitando las paredes de este paraje y el silencio del vacío.









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