Encaramado en lo alto de un cerro, el núcleo de este pueblo deshabitado nos vigila según vamos aproximando a él. Un paisaje árido, seco rodea al visitante que, cargado de agua y comida, se encamina hacia sus desorganizadas calles que se encuentran compuestas por casi una quincena de casas.
Una maraña de plantas y cactus completamente secos y calcinados por la ausencia de agua en el lugar nos dio la bienvenida. Es ya un claro indicativo de que la vida en este sitio era especialmente difícil. Al fondo ya se podía apreciar un poco las secuelas que el paso del tiempo había insuflado a alguna de sus viviendas, derribando sin compasión techo y paredes.
Me parece cuando menos interesante, que siempre sean las chimeneas las primeras en sucumbir. Ya empezando la exploración, podemos confirmar este extremo en esta sala presidida por una de estas, mientras que en su lado derecho, una vieja estantería ya no tiene nada que guardar en su interior.
Una fotogénica habitación donde ya no duerme nada ni nadie. Su oscuridad contrasta fuertemente con el pequeño y colorido ventanuco. Techos de caña, vigas de madera y un ya muy perjudicado azulete dominan la estancia. Es complicado imaginar quien durmió y descanso aquí entre las agotadoras jornadas de trabajo.
Este curioso porche da la bienvenida a quien osa transitar bajo sus dominios.
¡Pues a explorar se ha dicho!
Al fondo, a la izquierda, la puerta nos espera, abierta de par en par para darnos acceso a un oscuro interior. En los laterales podemos quedarnos con los detalles de las barras de madera que a modo de “percha” se utilizaban para colgar de ellas los diferentes aparejos y prendas que utilizaban sus habitantes.
El interior es toda una declaración de intenciones. Al fondo podemos ver la imprescindible chimenea, que tal vez hace no mucho hubiera sido empleada para dar calor a algún visitante ocasional, ya que en su interior aún podemos encontrar troncos y cenizas. Además, en la estantería contigua, sendas botellas de licores están en pie, compartiendo el destino de este lugar.
Van… ¡HACIA ARRIBA!
Sin embargo, no era aún suficientemente intrépido como para decidirme a subirlas. El tiempo y la experiencia todavía tenían trabajo conmigo.
En la parte posterior de la finca, una añeja cuadra ya no daba cobijo a ningún tipo de animal. El suelo se encontraba totalmente sucio y las puertas deshechas, el paraje ya no tenía mucho más que ofrecer, que no fue poco, así que cruce el par de juego de puertas que me separaba del exterior para recorrer los últimos metros de esta pequeña villa. En la zona trasera del pueblo encontramos uno de los curiosos accesos a uno de sus sobraos. Se podía llegar a él por el interior o como en este caso, ascendiendo una fotogénica escalera desde el exterior.
67 habitantes vivieron en este sitio, dedicados a la agricultura y la ganadería, en un paraje duro, seco y solo apto para auténticos supervivientes.
Precisamente la dureza que imperaba aquí fue el que lentamente fue doblando a sus vecinos hasta que en los años 70 del siglo XX se cerró la última de sus casas.













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