Curioso es el caso de este pueblo abandonado que tuve el gusto de explorar en dos ocasiones. No hay duda que la primera de todas fue toda una experiencia cautivadora. En mi segunda incursión pude indagar más a fondo y con más detalle tanto los edificios que conforman el núcleo, así como su iglesia y su castillo. Es debido a ello que veréis imágenes muy diferentes, pero totalmente disfrutables.
Sin ningún género de duda soy un enamorado de este fenómeno atmosférico que es la niebla. Si a ello le sumamos mi amor por la exploración y los pueblos deshabitados, el deleite puede llegar a niveles astronómicos al añadir un extra de misterio y encanto al lugar.
El denso velo que cubre el pueblo se esfuerza en arropar las cerca de 36 casas que vertebraban este sitio, ocultándolas a mi vista con una facilidad pasmosa. El silencio que dejaron en su momento los aproximadamente 188 vecinos que llegaron a vivir aquí aún se mantiene desde que cerraran la última de las puertas.
La inmensa mayoría de las casas se encuentran en un estado de ruina absoluta. Prácticamente, todos los techos han caído, los escombros y la basura se acumulan en el interior de las viviendas que aún conservan como mínimo tres paredes en su interior.
En sus buenos campos se solían cultivar trigo, cebada y garbanzos, entre otras cosas. También se dedicaban a la ganadería, criando cabras, ovejas, mulas y bueyes.
Buena lumbre daba esta chimenea a quienes vivían aquí. Mantenía el calor en los duros inviernos y reconfortaba después de una dura jornada de trabajo. A día de hoy, pende solo de un par de sujeciones que la ayudan a mantenerse a duras penas en pie.
Apenas un par de centenares de metros separan lo que es el pueblo de su iglesia. En este breve momento de “buena” visibilidad alcancé a ver en la lejanía el edificio. Una vez reconocida la población, me encaminaba a la eclesial.
A los pies del templo, este se hizo valer enseñando su buena construcción y resistencia. Un alto campanario, rematado en mampostería, me recibía con amabilidad, pero también me dejaba clara una cosa, no podía entrar. Todos los accesos habían sido tapiados con ladrillos y hormigón.
Una triste estampa, digna de un relato fantasmagórico, iba a recibirme en lo que debió ser el patio eclesial. En su interior, el negro carbónico de un más que muerto árbol reinaba, melancólico, el centro del lugar. Rodeándolo, no sé si se hallaba un pequeño resalto del terreno o una pila de escombros que se había naturalizado con el devenir de los años.
En mi primera visita, fue en año 2018, no sé si la niebla, la aún creciente experiencia o la ausencia de accesos, me impidieron no disfrutar todo lo posible este edificio. Cuando volví, en el año 2021, la situación fue cambiante. Fuera por un motivo o por otro, esta vez si di con una extraña entrada a la iglesia, justo por debajo de su altar principal, así que sin pensármelo, repte por la estrecha oquedad hasta su interior. En la segunda imagen ya podéis daros cuenta de que en esta ocasión, niebla, ninguna.
El diáfano interior guardaba para él un tesoro que tarde tres años en descubrir. Su capilla lateral conserva, no sin sufrimiento, un espectacular altar. El lugar está rematado con hermosos frescos que decoran la pequeña estancia de arriba a abajo, elevando hasta lo indecible la belleza del templo. Tristemente, una de las esquinas ya sucumbió a la climatología y empezó su inexorable caída. ¿Sería esta la última vez que viera esta estampa religiosa?
En la pared que da cobijo a la entrada, pude disfrutar de otro tesoro. Una pequeña hornacina cuadrada, que a modo de marco guardaba en su interior más pinturas salvajemente maltratadas por el paso del tiempo y los desaprensivos. Sobre esta, aún más frescos intentaban embellecer la decadencia en la cual se veían sumidos.
Con un poco más de detalle, podemos observar el hermoso interior del receptáculo. Mi experiencia en esta segunda exploración no fue ni mejor ni peor que la primera, fue diferente. Y aunque más inquieto, mi sentido común se impuso y no intente ascender al campanario. Poca fiabilidad me daban esas escaleras. Era momento de salir y dirigirme al último de los monumentos de este espectacular lugar.
La imponente fortaleza fue vislumbrándose lentamente a medida que me aproximaba a ella. A sus espaldas, la atenuada luz solar dibujaba su silueta en el blanco lienzo del horizonte. ¿Espectacular? ¡Sí, mucho! Desperdigado a los pies del castillo, en un radio de casi veinte metros, se encontraban amontonados los sillares que antaño daban forma a este edificio. Construido en el siglo XV, resistió durante siglos en pie contra viento y marea, hasta que un fatídico día de 1999 sus muros se rindieron al vendaval que azoto la región durante semanas.
Del edificio ya podemos ver que solo se conserva una de sus torres y parte de su fachada. Aun así, sorprende que tras tanto tiempo, en lo alto de la torre, con todo el mérito del mundo, resiste aún en pie la imagen de un Cristo, inamovible, estoico y resiliente. ¿Por cuánto tiempo? Espero que por mucho tiempo. Llamadme iluso.
Un último plano aéreo que tome con la ayuda de mi fiel dron cochambroso. El día había cambiado respecto a mi primera visita. Aquí brillaba el sol y el ambiente era agradable, aunque yo sigo prefiriendo la niebla. A pesar de que me perdiera en esa ya lejana exploración de 2018 y tuviera que usar el GPS para regresar al pueblo porque era incapaz de verlo y marchaba en dirección contraria a él… estaba a solo cincuenta metros. ¿Entendéis un poco por qué adoro hacer esto?






















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