El día y el lugar no podían ser más desoladores. En todo lo alto de una montaña, donde el frío y el granizo arreciaban por igual, aguardaba este pueblo deshabitado construido con esfuerzo y sacrificio. Es triste verlo en estas condiciones, pero para poder apreciar su belleza y su historia, hay que disfrutar también de su decadencia. ¿Empezamos a pasear?
Una vez estacionados en la entrada del pueblo, cargo con la cámara, gorros y guantes e inicio la aventura. El silencio es sepulcral, solamente roto por el zumbido de los transformadores instalado ahí. Hasta ese punto el sitio puede parecer algo decepcionante, pero en cuanto té sumerges en sus calles llenas de ruinas, automáticamente viajas nuevamente al pasado.
Al igual que ya hemos podido observar en otros tantos pueblos, en este el material de construcción más común es la pizarra. Esto da un color parduzco a todo el conjunto, mimetizándose con todo su entorno de una forma inesperada, convirtiéndose de este modo en casi invisible.
¿Cuántas veces se habrá abierto esta ventana para observar quien o que estaba pasando frente a ella? En esta ocasión,
la observada fue ella.
Nos aventuramos al interior de la vivienda. La belleza reina sin ningún límite. El techo, típico de cañizo, ha ido cediendo paulatinamente al tiempo, dejando al descubierto en algunos puntos el cielo raso. El fuego extinto y el calor de una inclinada chimenea sustentada por dos hermosas columnas ya abandono el edificio hace décadas.
Mientras tanto, en uno de los lados de la casa, una estantería de obra, bombardeada con la pintura y la humedad que se desprenden del techo, guarda en sus repisas multitudes de botellas, frascos e incluso una sartén. Un bodegón dedicado al olvido.
Era, por esta época, 2018, un explorador inexperto, joven, poco aguerrido a la hora de acceder a los lugares y con poco recorrido (MENOS DE 2 AÑOS). No es de extrañar entonces que este poderoso contrafuerte de pizarra, que proporcionaba seguridad y estabilidad a la vivienda,
me impresionara en sobremanera.
Imposible pasar desapercibido. Entre toda esa maraña de edificios parduzcos, encontrarme con uno de ellos totalmente encalado era sinónimo de curiosidad. Sin duda estaba hecho para destacar y ser llamativo.
La misma casa, pero desde el otro lado de la calle.
Bien conservada, con su camino de piedra en el centro y cimentada en los laterales. Las casas flanquean un descenso de cuento hasta la zona más baja del mismo, donde daremos con las últimas construcciones. Un cielo blanquecino y sus nubes más oscuras no auguraban un buen final climático a la jornada.
Abajo del todo, un desvencijado palomar remata el paseo por este bonito paraje. Para acceder a él no hay más escalar con algo de precaución ese pequeño montículo de rocas.
El interior aguarda al sorprendido curioso que entra en él. Al final, junto a la ventana, damos con un conjunto de jaulas, probablemente para resguardar a los animales. Sin embargo, en algún momento una golondrina decidió que si ese sitio era apto para palomas, también lo sería para ella y su progenie.
Y ¿qué queda de este pueblo después de todo? Tan solo silencio, un ambiente absolutamente cautivador y el reflejo de un tiempo pasado que siempre fue mejor. ¿Deshabitado? Parece que no. En la actualidad, según he podido averiguar, una única persona se encuentra censada y viviendo en el pueblo. Nosotros no encontramos a nadie, sin embargo, ahora mismo, con lo que doy es con la envidia que me produce el poder disfrutar de un entorno privilegiado como este. ¡A su recuerdo!












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