El destino quiso que llegara sin esperarlo hasta las ruinas de este viejo molino abandonado. Pero lo más sorprendente me iba a esperar al otro lado del mismo, ¿qué encontré ahí?. ¡Una exploración que es magia pura!
En esta ocasión, íbamos buscando un viejo puente, pero el sofocante día quería que bajo este, a orillas del río, desde las alturas, la silueta cadavérica de lo que antaño fue un molino, hiciera acto de presencia. Y claro está, uno no es de piedra, y si le ponen un caramelito como este justo en frente, pues tiene que explorar.
No hay nada mejor que la improvisación, las sorpresas afloran por sí solas. Es algo de lo que a veces adolezco al realizar un urbex en según que sitios. Informarme, investigar contribuyen a saber más sobre el sitio, pero rebajan un poco el nivel de sorpresa. No la hacen desaparecer, pero uno ya sabe un poco qué verá. Aquí no, en este sitio todo era nuevo, inesperado, mágico, rodeado de formas y colores inesperados. Rodeado de guijarros arrastrados por las aguas y de piedras de molino por doquier. Para mí era un auténtico placer arrastrarme por los túneles por los que añosa atrás fluía el agua.
Pero tras reptar por el último tramo de la tubería, llegaría lo que era la cara posterior del molino. En ella aún podíamos ver los restos ruinosos de una de sus ventanas. Sin embargo, lo más sorprendente era como la vegetación, las plantas, los árboles, habían ocultado toda la fachada entre sus hojas y follajes, reservando el derecho de admisión y disfrute solo a aquellos que fueran suficientemente intrépidos para aventurarse en su interior.








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