lunes, 13 de noviembre de 2023

La epopeya de un explorador. Solo el digno pasará.

 

 
 

Llevo ya años realizando exploraciones en pueblos abandonados. Hay que son muy fáciles de alcanzar, tanto que hasta puedes aparcar en el mismísimo centro del pueblo. Después están esos que son extremadamente duros, tanto que hasta uno contempla la opción de una retirada honrosa antes de aceptar por las malas que no se puede llegar. En el documento de hoy hablaremos de este segundo ejemplo, os contaré como estuve a punto de abandonar.

El día amaneció plomizo, con nubes muy bajas y amenazando seriamente con verter ingentes cantidades de lluvia contra el suelo. A pesar de ello, yo había apostado por mí y decidí, como no, cargar todos mis bártulos en el maletero del Canijo y emprender la aventura. Una vez llegado a mi punto de inicio, cargué con la mochila, y localicé rápidamente el punto de acceso al camino que me debería llevar hasta este núcleo deshabitado. Si había ignorado hasta el momento todas las advertencias que el día me presentaba, esta, difícilmente, la iba a poder obviar, lluvia, uno de los peores enemigos del explorador urbano.

Tras una interminable subida de aproximadamente 500 metros, la vereda que me guiaba hasta mi objetivo se tornó inconsistente, pues esta era atravesada por un torrente, aunque afortunadamente sin agua. En ese punto se hizo palpable mi primera confusión, puesto que creía que debía subir acompañándolo, por lo que un servidor vio en Google Maps. Consejo: No os fieis del todo de ellos como hice yo. Rápidamente noté que la vegetación se cerraba de un modo salvaje, tanto que avanzados unos metros y perdidos valiosos minutos quise darme cuenta de que por ahí era imposible continuar. Media vuelta y regreso al punto de inicio, esa indirecta la había pillado y tras un incidente un poco marciano con una rama que se coló dentro de mi mochila, abriéndola y esparciendo por todo el terreno en cuesta mis materiales de fotografía, volví al punto en el cual me confundí. La cara de tonto que se me quedo fue inevitable al darme cuenta de que solo tenía que cruzar al otro lado del torrente para observar que el camino, ascendente, proseguía por tal lugar. En fin, que a lo hecho pecho y a seguir cuesta arriba. Afortunadamente en ese punto el camino iba marcado por pequeños hitos de piedras. Eso me lo facilito un poco, pero solo un poco. El día tenía más sorpresas para mí.

A pesar de hallarme algo más aliviado una vez pude proseguir el camino, pues llevaba un cabreo enorme, lo reconozco, el agua empezó a hacer acto de presencia como una nueva señal. Llovía, no muy fuerte, pero sí lo suficiente como para ser molesto. De todos modos continué hasta llegar a la cima. Ante mí dos casas abandonadas iban a darme unos minutos de cobijo, los justos para poder sacar el chubasquero y no calarme de modo dramático. El agua caía consistente y cada goterón menguaba mi decisión de seguir. Frente a las casas, en lo alto de la montaña, una pequeña ermita coronaba todo el conjunto campestre. Quedaos bien con el detalle de las casas y la ermita, porque serán importantes más tarde. Afortunadamente, yo también lo hice en aquel momento.

Debía tomar una decisión rápida, no podía pasarme mucho tiempo ahí esperando. Como explorador debería evitar visitar ruinas en días de viento y/o lluvia. Estos elementos se llevan mal con las estructuras dañadas, pues las zarandean unos, y las hacen más pesadas el otro. Aun así, ya que había llegado hasta ahí, no iba a darme media vuelta, (YA LO HABÍA PENSADO UNAS CUANTAS VECES), así que cargue mi mochila y retome el “camino”. Y lo entrecomillo debido a que en ese punto ¡NO HABÍA CAMINO ALGUNO! Todo era salvaje, lleno de vegetación y nada servía de guía, así que me aferré a lo más parecido que vi, las terrazas de piedra que delimitaban las zonas de cultivo del pueblo. Fui bordeando esas estructuras de piedra, únicas testigos de la presencia humana en lo salvaje, escalando paredes, saltando hacia abajo y temiendo haberme roto el tobillo, una vez metí la pierna en un aguajero, seguramente madriguera de algún animalillo montañés. Tras poder caminar con normalidad, el agua arreciaba de un modo duro y castigador, pero ante mis ojos, por fin, aparecían los primeros muros del pueblo.

Pero como si de un ente con mente propia se tratara, este lugar decidió seguir poniéndomelo difícil, pues las plantas se habían apoderado de todo acceso a su interior y la fina lluvia se tornó en aguacero violento. Debía encontrar un acceso, porque si algo temía de la lluvia, es que ya para más inri se iniciara tormenta con aparato eléctrico, y ahí queridos paseantes, yo iba a estar acabado, no habría mayor peligro que ese. Era como si este paraje decidiera quién podía acceder a sus entrañas, como si una prueba de fuego se tratara para decidir quién era digno o no de visitar sus silenciosos restos. Por fortuna, en uno de sus rincones di con un lugar que me permitió entrar dentro del sitio, empezaba a respirar aliviado porque por lo menos había llegado y conseguido entrar, ahora necesitaba resguardarme del líquido elemento.

¿Y qué mejor sitio para guarecerse que la iglesia?, bueno, también porque era el único edificio accesible con tejado y porche, todo sea dicho. Lo había conseguido, superé las pruebas, fui digno de conocer los secretos y misterios de un pueblo construido al borde de un acantilado y me sentí orgulloso de mí mismo por no morir, no romperme nada. ¿Qué pasó después? Los cielos se abrieron de par en par y el sol hizo acto de presencia. El día plomizo, frío y lluvioso dio paso a una jornada de soleada y de agradable temperatura, ¿irónico?, sí, demasiado para mi gusto. Algunos os preguntaréis cuál es la historia de este pueblo y por qué motivo recordar las referencias de la ermita y las dos casas abandonadas. Bueno, esa historia os la contaré en la próxima entrada, junto con el video semanal del canal, ya que en esta entrada quería contaros cuan duro fue el ascenso y llegada a este sitio delicioso que valió todos y cada uno de mis sufrimientos. ¡Os espero!


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