Últimas horas del día. Tras un arduo y bacheado camino, por fin llego a mi destino. Una preciosa aldea que se encuentra oculta entre montañas e interminables bosques bordes. ¿Cómo pudieron abandonar este hermoso paraje?. Iniciemos la exploración, vamos a descubrir la historia oculta entre sus paredes.
La entrada a este pueblo abandonado no puede ser más idílica. Una pequeña cuesta abajo te arrastra hasta su interior. Siempre rodeado de inmensos e interminables árboles. Cuando ya he llegado al final de la vía, un puente, que cruza un acuático riachuelo, te permite acceder al interior de la villa, que de un modo fantasmagórico se alza nuevamente colina arriba. Detalle del balcón de la casa que hemos visto en la foto de arriba. Abajo se encontraban las cuadras, mientras que en las plantas superiores residían las personas. Era un sistema fantástico para mantener el calor, ya que este sé nutria también de aquel que desprendían abajo los animales. De todos modos, una chimenea también era imprescindible, y más aquí. Entrada a las cuadras. Las puertas prácticamente son inexistentes y los interiores intransitables. En su interior resguardaban a las ovejas, las cabras y las vacas con las cuales desarrollaban la ganadería aquí. En mi visita, no vi de las primeras, pero a última hora, cuando ya emprendía el regreso, cierto es que el inconfundible campaneo de los cencerros vacunos rompía el silencio del lugar.
La calle se eleva juguetona por la cuesta que la ampara. En sus laterales, las antiguas viviendas que antaño rebosaban vida se encuentran hoy vacías. Algunas en un estado de cuasi ruina, mientras que otras, afortunadamente, han sido (o están siendo) rehabilitadas, devolviendo sus propietarios, con cariño y cuidado, la vida a este impresionante rincón. Pero, ¿por qué marcharon los antiguos residentes del pueblo? Varios factores intervinieron en el abandono del este pueblo. El primero de ellos fue, como no, el clima extremo de este sitio, sufriendo inviernos muy duros. Posteriormente, los hombres del pueblo acudían a trabajar a las minas que en las inmediaciones se encontraban. Sin embargo, el largo e intransitable camino de por aquel entonces, empezó a marcar el ritmo de la despoblación de la aldea. Tristemente, el año 1971 fue el último en el que se vio vida humana aquí, pero no de un modo definitivo.
Décadas después, la decadencia de este lugar ha ido perdiendo fuelle. Varios propietarios han reconstruido y reformado sus viviendas, devolviendo la vida a este sitio. El hermoso parduzco de sus casas se mantiene, sí, pero viene acompañado de colores florales y de placas que indican quienes viven ahí. Es un alivio ver como este paraje, poco a poco, resurge y mejora. Fin de la calle. El verdoso suelo que domina todo el conjunto me dirigió a la salida del pueblo en uno de sus extremos. Frente a mí, más verde, más montañas, más paraíso. Es cierto que hoy lo vemos de modos idílicos, es lo que tiene la vida en las grandes urbes, por eso es importante no olvidar la dureza extrema que suponía la vida aquí hace ya más de cinco décadas. Un fotogénico rincón de la aldea, flanqueado por tres viviendas. En la que encontramos más a la izquierda, podemos observar como la tecnología moderna ya ha llegado y una pequeña placa solar cuelga desvergonzada de los muros de piedra. Hay que proveer de energía a la casa. Antaño contaron aquí con electricidad, pero el servicio se vio interrumpido, teniendo que regresar sus habitantes a las lumbres de las velas. Retorno lentamente sobre mis pasos para encarar la parte final de la exploración en este pueblo, que, por fortuna, ya no puedo llamar abandonado. La primera de las casas que nos recibe tras cruzar el puente es ahora de las últimas en despedirse del visitante, pero en esta ocasión, descenderé los escalones que llevan al camino que bordea el río para disfrutar de una de las visiones más apasionantes, y fantasmagóricas que este lugar ofrece. Fluyendo a los pies de los restos de esta vivienda, encontramos el cantarín caudal del río. El inacabable color verde reina por todas partes, mientras árboles, musgo y plantas domina la visión. En contraste con tanto color y vida, confrontando todo ello, aquí resiste decadente, esta vieja casa, que lentamente cede al tiempo y al desgaste. De todos los rincones que uno puede encontrar aquí, este en concreto, me robo el corazón. ¡Qué belleza!. Perspectiva del pueblo desde la zona inferior de la vivienda. Bajo nuestros pies, el río fluye con tranquilidad absoluta. Al fondo, podemos ver una de las casas recuperadas con un magnífico gusto y respeto por la arquitectura de este sitio. Abajo del todo, el pueblo y su inconfundible baranda azul, nos indican la entrada y salida de la villa. Ya en el camino de vuelta, a unos centenares de metros del pueblo, una de las múltiples fuentes del pueblo hace acto de presencia. En su cabecero, donde el agua brota refrescante y saciante, se marca una fecha, 1966. Antes de entrar y salir, una barrera ya nos da a entender lo que vamos a poder encontrarnos. ¡VACAS!. Y para evitar su huida y organizar, sin saberlo, unos San Fermines improvisados, nos piden que cerremos la barrera. El esfuerzo es tan mínimo, y vale tanto la pena que hay que hacerlo sin dudar. No olvidemos respetar las normas de los sitios que visitamos. Y es que la exploración en este pueblo, ya no, abandonado, es una delicia para los sentidos. Porque la calma y el musicar de la naturaleza, nos reconforta en todo momento, tanto como poder ser testigos del resurgir de este pueblo. Como me alegra encontrar sitios asi.
Entrada a las cuadras. Las puertas prácticamente son inexistentes y los interiores intransitables. En su interior resguardaban a las ovejas, las cabras y las vacas con las cuales desarrollaban la ganadería aquí. En mi visita, no vi de las primeras, pero a última hora, cuando ya emprendía el regreso, cierto es que el inconfundible campaneo de los cencerros vacunos rompía el silencio del lugar.
La calle se eleva juguetona por la cuesta que la ampara. En sus laterales, las antiguas viviendas que antaño rebosaban vida se encuentran hoy vacías. Algunas en un estado de cuasi ruina, mientras que otras, afortunadamente, han sido (o están siendo) rehabilitadas, devolviendo sus propietarios, con cariño y cuidado, la vida a este impresionante rincón. Pero, ¿por qué marcharon los antiguos residentes del pueblo?
Varios factores intervinieron en el abandono del este pueblo. El primero de ellos fue, como no, el clima extremo de este sitio, sufriendo inviernos muy duros. Posteriormente, los hombres del pueblo acudían a trabajar a las minas que en las inmediaciones se encontraban. Sin embargo, el largo e intransitable camino de por aquel entonces, empezó a marcar el ritmo de la despoblación de la aldea. Tristemente, el año 1971 fue el último en el que se vio vida humana aquí, pero no de un modo definitivo.
Décadas después, la decadencia de este lugar ha ido perdiendo fuelle. Varios propietarios han reconstruido y reformado sus viviendas, devolviendo la vida a este sitio. El hermoso parduzco de sus casas se mantiene, sí, pero viene acompañado de colores florales y de placas que indican quienes viven ahí. Es un alivio ver como este paraje, poco a poco, resurge y mejora.
Fin de la calle. El verdoso suelo que domina todo el conjunto me dirigió a la salida del pueblo en uno de sus extremos. Frente a mí, más verde, más montañas, más paraíso. Es cierto que hoy lo vemos de modos idílicos, es lo que tiene la vida en las grandes urbes, por eso es importante no olvidar la dureza extrema que suponía la vida aquí hace ya más de cinco décadas.
Un fotogénico rincón de la aldea, flanqueado por tres viviendas. En la que encontramos más a la izquierda, podemos observar como la tecnología moderna ya ha llegado y una pequeña placa solar cuelga desvergonzada de los muros de piedra. Hay que proveer de energía a la casa. Antaño contaron aquí con electricidad, pero el servicio se vio interrumpido, teniendo que regresar sus habitantes a las lumbres de las velas.
Retorno lentamente sobre mis pasos para encarar la parte final de la exploración en este pueblo, que, por fortuna, ya no puedo llamar abandonado. La primera de las casas que nos recibe tras cruzar el puente es ahora de las últimas en despedirse del visitante, pero en esta ocasión, descenderé los escalones que llevan al camino que bordea el río para disfrutar de una de las visiones más apasionantes, y fantasmagóricas que este lugar ofrece.
Fluyendo a los pies de los restos de esta vivienda, encontramos el cantarín caudal del río. El inacabable color verde reina por todas partes, mientras árboles, musgo y plantas domina la visión. En contraste con tanto color y vida, confrontando todo ello, aquí resiste decadente, esta vieja casa, que lentamente cede al tiempo y al desgaste. De todos los rincones que uno puede encontrar aquí, este en concreto, me robo el corazón. ¡Qué belleza!.
Perspectiva del pueblo desde la zona inferior de la vivienda. Bajo nuestros pies, el río fluye con tranquilidad absoluta. Al fondo, podemos ver una de las casas recuperadas con un magnífico gusto y respeto por la arquitectura de este sitio. Abajo del todo, el pueblo y su inconfundible baranda azul, nos indican la entrada y salida de la villa.
Ya en el camino de vuelta, a unos centenares de metros del pueblo, una de las múltiples fuentes del pueblo hace acto de presencia. En su cabecero, donde el agua brota refrescante y saciante, se marca una fecha, 1966.
Antes de entrar y salir, una barrera ya nos da a entender lo que vamos a poder encontrarnos. ¡VACAS!. Y para evitar su huida y organizar, sin saberlo, unos San Fermines improvisados, nos piden que cerremos la barrera. El esfuerzo es tan mínimo, y vale tanto la pena que hay que hacerlo sin dudar. No olvidemos respetar las normas de los sitios que visitamos. Y es que la exploración en este pueblo, ya no, abandonado, es una delicia para los sentidos. Porque la calma y el musicar de la naturaleza, nos reconforta en todo momento, tanto como poder ser testigos del resurgir de este pueblo. Como me alegra encontrar sitios asi.












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