Este pueblo abandonado me impacto nada más bajar del coche, y eso que aún no lo había podido ver siquiera. El olor en el ambiente invadió mi olfato súbitamente, sin avisar, sin esperar, fue todo instantáneo. Ese olor a chamusquina, a madera carbonizada, ¿incendiaron este pueblo?, venid conmigo y descubrámoslo.
Y a pesar del aroma carbónico que flotaba en el ambiente, las hermosas construcciones que articulaban las calles de la villa entregaban un extra de encanto a este sitio. Así que a pesar de mi sospecha, este lugar extendió a mis pies un infinito manto verde que me llevaría de paseo por el interior del mismo.
Una vez he doblado la esquina de la primera (y casi única) calle que aquí hay, mis sospechas quedan completamente confirmadas. Los árboles, plantas y arbustos que flanquean la vía, entregan un ennegrecido tinte oscuro, que solamente la acción del fuego puede haber llevado a cabo. Si el fuego se paseó por estas calles, me pregunto si también accedió al interior de los edificios y cuanto daño extra pudo infligir a las estructuras.
Vista elevada en una de las esquinas de la población. Ya es una advertencia de lo que me encontraré en el 95% de todas las estructuras de esta población. Las casas se encuentran totalmente derruidas, impidiendo acceder al interior de cualquiera de ellas. Me queda claro que la exploración, en este caso, va a ser únicamente externa. Lo acepto de buen grado, son los handicaps de la exploración.
Un pequeño callejón nos lleva a un diminuto rincón sin salida aparente. Al final de este encontramos la entrada a las viviendas y a lo que pudiera ser una cuadra. Sin embargo, ya lo sabía. El interior está totalmente colapsado. No pasaré, ni queriendo ni sin querer. Aquí también el rancio olor y color del fuego están presentes. Está claro que no dejo ni un rincón sin visitar. Junto a ladrones, saqueadores y vándalos, es, sin ninguna duda, la visita menos deseada.
A pesar de ello, asomo un poco la cabeza. Ya sabéis que la curiosidad ya estaba activada en mí por esta época, pero por mucho que lo deseara, era imposible entrar dentro. Las vigas partidas en mil pedazos, las plantas y los cascotes desprendidos de paredes y techos hacían inviable el avance.
Prosigue, este que aquí escribe, bordeando el pueblo. La sorpresa aparece cuando aún, con algo de inseguridad, puedo caminar por lo que antaño fuera una vivienda. Eso lo deduzco por lo poco que queda de sus paredes, desprendidas contra el suelo y de incierto pisar. A la izquierda, una chimenea me daba a entender que estaba en lo que antaño pudiera ser un salón o la cocina. El dintel de la puerta del fondo daba paso a otra estancia. Sinceramente, no sé cuál debía ser el tamaño de esta construcción, porque sí, al fondo aparece otra fachada, pero las dudas me invadían. ¿Hasta qué punto llegaba esta casa y empezaba otra?
Ya terminado mi rodeo a este pueblo, que se puede decir de todo, menos pequeño, vuelvo a dirigir mis andares hacían la entrada del mismo. Sí, había dejado para el final lo mejor de todo, la iglesia de este sitio deshabitado. Así que entre saltos de roca a roca y esquivando las carbonizadas ramas de las plantas, que parecían querer evitar mi exploración, finalmente, llegue a la puerta de la eclesial.
El hermoso portal de la iglesia nos recibe, con su arco soportando con orgullo el pasar de los siglos. A la derecha de este, podemos ver la entrada a la vieja escuela del pueblo. Aquí dentro hace ya muchos años que se acabaron las misas y las clases. Por si a uno no le queda claro, el vómito de ladrillos que escapa de la boca del templo nos lo confirma.
El interior de esta iglesia consagrada a la Natividad de Nuestra Señora es toda una belleza. Ya no soportaron más los arcos de su interior, que se encuentran derruidos en el suelo, teñidos por el verde del musgo. Sí, triste, pero hermoso, melancólico. El interior del templo desprende un aroma a nostalgia y a que cualquier tiempo pasado fue mejor, que apaga sin compasión el olor a quemado que invade el ambiente.
Restos de velas sobre una de las piedras dentro de la iglesia. Alguien, en algún momento, algún premio nobel a la tontería decidió que eso era “una buena idea”. Nótese la ironía que las comillas de la frase resaltan. Ya no digo nada más.
Bonita talla, empotrada en la pared y que aún hoy me pregunto a qué podría dar sujeción. ¿A la pila de agua bendita?, ¿algún altar?.
Pero si la mirada que hemos dado hacia el altar mayor resulta impresionante, al dar media vuelta sobre mí la visión que obtengo es completamente demencial, tanto que no sé ni por donde comenzar. ¿Por el arco derruido en primer plano que ya hemos visto antes?, ¿por los restos del tejado del edificio que aguantan valientemente sobre unas pocas y desgastadas vigas?, ¿por los restos del coro que se amontonan como queriendo escapar de su desgracia?, ¿o por ese impresionante campanario y sus espadañas que aun sin campanas, retumban llamando nuestra atención?
Una visión más detallada y próxima del campanario, hoy ya vacío y huérfano de campanas.
Ni que decir tiene que mantenerse bajo este dañado tejado, bajo la climatología que se despertó en este último tramo de exploración, es una idea pésima. Ya lo sabéis, viento y ruinas son muy mala combinación. No tentéis a la suerte.
Finalmente, alcanzo la parte trasera de la iglesia, allá donde prácticamente inicie mi exploración en este hermoso abandono. La pared lanza una pregunta, en nuestras manos está comprenderla y darle respuesta. ¿Qué paso con este lugar?, ¿qué futuro le aguarda?, la respuesta es fácil para la primera interrogante, la falta de servicios, la extremadamente dura vida que aquí se tenía fue echando a la gente lentamente. Para la segunda pregunta, no tengo respuesta. Me temo que la hermosura de este sitio es muy efímera y que la palabra futuro, salvo milagro, no entra en el diccionario que define este paraje.















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