lunes, 3 de julio de 2023

El castillo olvidado, aventuras en lo alto de una montaña

 

En dos ocasiones he tenido el gusto de explorar este antiguo castillo en un triste estado de abandono. Ambas veces con resultado idéntico. Da igual que esté rodeado de grúas, andamios y demás parafernalia obrera, la fortaleza languidece y se desintegra poco a poco. Venid conmigo, os enseñaré este imponente lugar. Como en ambas ocasiones filme en video, arriba disponéis de mí última incursión, mientras que en este enlace, podréis ver la primera a vista de pájaro  

castillo abandonado de peñas negras, mora, urbex 
En lo alto de un cerro, desprovisto de cualquier tipo de árbol que pueda arrojar un poco de sombra a quien se atreva a subir hasta la cima, podemos maravillarnos con este castillo medieval de tipo gran buque. Como podéis imaginaros, la tipología del edificio recibe el nombre por su parecido a un enorme barco de guerra. Su forma viene dada por una gran muralla, mientras que en la parte posterior del promontorio podemos ver la imponente torre del homenaje.
 
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Unas fotogénicas escaleras de piedra nos permiten llegar hasta la puerta de entrada del castillo. Junto al acceso, encontramos el que posiblemente sea el único árbol de toda la montaña. Esta edificación data del siglo X y se encargaba, junto a los otros castillos de la zona, de la vigilancia de los caminos que daban entrada y salida a la capital de esta provincia.

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Durante el siglo XI, pasa de manos árabes a manos cristianas alternadamente, hasta que finalmente fuera conquistado en el año 1130. 42 años después, en el 1172, pasa a manos de la orden de Santiago, que destinaría en su interior una guardia de medio centenar de freines.

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Esta escalera metálica nos otorga acceso al interior de la fortaleza roquera, elevándonos por encima de un casi invisible foso y dejándonos a los pies de uno de los lados de la torre del homenaje. 

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Tras retorcerse, la metálica escalera nos lleva hasta el interior. Una vez dentro, a nuestra espalda, la torre del homenaje cierra el paso firmemente, mientras los muros nos cobijan de posibles invasiones que ya no se llevaran a cabo. Era el año 1224 cuando el rey Fernando III ordenara la destrucción de este enclave. Llegándonos hasta la actualidad, solamente aquello que vemos aquí.

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Abrazados a la torre, una serie de andamios intentan dar estabilidad y resistencia a su estructura, que a día de hoy agoniza intentando mantener la verticalidad sobre el promontorio que le da sustento. Pero, ¿que podemos encontrar en el interior de dicha torre?, un poco más tarde nos aventuraremos en su interior.
 
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Haciendo un poco la cabra, y trepando por unas ya casi inexistentes escaleras, alcanzamos la base de dicha torre. Desde ella solamente podemos ver los interminables tubos de andamios que abrigan la estructura. Intentar rondar entre las estructuras es tan poco recomendable como difícil, así que luego ya echamos un ojo como debe ser. Paciencia, paseantes.
 
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En la actualidad, complicado es imaginar que entre estos muros se encontraran destinadas las tropas árabes, o cristianas, según la época temporal que fuera. A día de hoy, solamente las diferentes piedras y malas hierbas llenan los huecos que un sol de justicia se empecina en calentar hasta lo indecible.

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Puerta de acceso a uno de los extremos de la muralla. En su interior se levantó la primera iglesia cristiana tras el fin de la reconquista.

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Para poder llegar al acceso de la torre del homenaje, hay que regresar a los pies de las murallas, abandonando el patio de armas y pasear por la zona posterior del edificio, ya que en ese punto, los muros de protección fueron derribados en su momento. Por el camino, este pobre pájaro, intento alzar el vuelo, pero sin la fortuna necesaria para conseguirlo.

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Visión de la torre del homenaje desde uno de los extremos más alejados del montículo. Más allá de él, solamente una caída de varios metros nos espera, así que no es cuestión de hacer tonterías. Desde aquí ya podemos ver el acceso al interior, mientras que a la derecha, (poco se ve), una oxidada y desgastada grúa espera a que los operarios regresen a trabajar para culminar la rehabilitación del sitio. ¡SPOILER! No estaban cuando fui por primera vez y seguía todo igual en mi regreso 4 años después.

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Las señales son muy claras y visibles. Nos advierten del peligro al acceder al interior de la torre. Sin embargo, la puerta metálica que nos lo debería impedir se encuentra abierta de par en par. En estos casos, queridos paseantes, siempre soy claro. Cuando uno accede a estos sitios, debe hacerlo bajo su propia cuenta y responsabilidad, siendo consciente de los peligros y amenazas que este tipo de estructuras albergan y jamás forzando ni rompiendo nada. ¿Está abierto, puedes pasar y no está habitado?, pues ¡AL TURRÓN!. Si no es así, a otra cosa. Pero siempre, es el sentido común y el respeto, quienes deben guiar nuestros pasos. Dicho esto, vamos a jugarnos un poco la integridad física.

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Acceder al interior requiere de algo de agilidad, algo de lo que no ando yo muy sobrado. Uno debe hacer equilibrios sobre esas tablas de madera medio podridas. Una vez dentro, una caterva de andamios y puntales se esfuerzan, desde hace lustros, en mantener el equilibrio y estabilidad vertical de toda la estructura. Ya os digo que siguen exactamente igual que en mi primera visita. Dos plantas de altura tenía esta torre, en la cual, el alcaide de la misma guardaba las armas para proteger el lugar. Destacan especialmente los sillares que forman los arcos interiores y que se combinan hermosamente con la mampostería del exterior de la torre. No hay mucho más que ver, a no ser que seamos amantes de los palets, a mí, personalmente es un mundo que me atrae, pero que respeto. Así que con el mismo cuidado con el que he entrado, salgo para dar por concluida mi exploración.

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La torre del homenaje, a vista de dron, calzada está por todas partes por los ya mentados andamios. Podéis ver el video en el enlace que os he dejado arriba del todo, bajo el video de YouTube que filme en mi segunda visita.

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Antes de abandonar el castillo, no puedo resistir la tentación de descender hasta los escasos restos del foso que calzan el castillo por su parte inferior, y que tan agradablemente a la sombra se encontraban, pudiéndome relajar y refrescar un poco. Es una lástima que este castillo se encuentre prácticamente al borde del colapso y que toda la parafernalia que lo rodea se encuentre también en un absoluto abandono. Grúas oxidadas, poleas rotas, focos inoperacionales para embellecer el edificio por las noches. El castillo languidece y agoniza tras casi mil años de existencia, y todos los esfuerzos que se hicieron en su momento para recuperarlo y devolverle el esplendor que merece, quedaron ahí, en forma de cachivaches oxidados y olvidados que afean todavía más el conjunto. Una verdadera pena que deseo, en un no muy largo tiempo, pudiera corregirse.
 

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