Una mañana neblinosa y gris amanecía pronto. Al verla no puedo evitar cierta emoción, ya sabéis que soy un gran amante de la niebla, y si iba a acompañarme en mis exploraciones de la jornada, pues mejor aún. En esta ocasión, me dirigía a un par de pueblos, cuyas tierras fueron anegadas añosa atrás por el enésimo embalse de turno, obligando a sus habitantes, una vez más, a irse prácticamente con lo puesto. La parte de la niebla podréis verla en el video que, como es costumbre, os comparto de mi canal en YouTube. ¡Lo del pueblo, viene abajo!
Sin embargo, una vez he alcanzado el objetivo del día, el sol hace acto de aparición como el protagonista más absoluto de la jornada. Raudo me coloco todos mis apechusques y compruebo que llevo todo conmigo. Gorra, cámaras, abrigos, guantes… ¡Listo! Pues arranco. El recibimiento llega por parte de los pastores que trabajan en el lugar y los cuales tratan de controlar las incontables ovejas que pululan como locas por el cercado. Nos saludamos, me cuentan un poco y como no tengo afán de interrumpir mucho su faena, me pongo manos a la obra hacia el núcleo del pueblo, que se encuentra a no más de un kilómetro de donde me encontraba en ese momento.
¿Puedo decir que el pueblo está abandonado?, sí. ¿Puedo decir que está deshabitado?, bueno, casi que no. Ya que sus habitantes rápidamente salen a controlarme y darme la bienvenida. Se trata de un grupo de ovejas y cabras que vagan en estado semisalvaje por las calles. Vale, no son humanos, pero viven ahí. Así que llegados a este punto me pregunto, y seguro que vosotros también, ¿dónde están los humanos?, ¿qué paso aquí?. Os cuento.
Este sitio llegó a estar formado por un total de 22 casas, según contaba Pascual Madoz en su Diccionario Geográfico Histórico. A finales del siglo XIX una nada despreciable cifra de 90 habitantes vivían en el pueblo. Se dedicaban entre otras cosas al cultivo del trigo, la cebada o también de patatas o maíz. Sin embargo, el trabajo en la mina era lo que primaba. Labores que alcanzarían cuotas dramáticas, llegado un fatídico septiembre de 1948, cuando una explosión de grisú arrebató la vida a 11 de sus trabajadores.
No profundizo mucho más en mi exploración del pueblo. Demasiados animales sueltos, entre cabras, ovejas y perros ladradores, que no sé si poco mordedores; No quiero averiguar si lo son. Así que tras un relajante paseo por su calle principal, llego hasta el acceso a la iglesia, donde a duras penas soy capaz de introducirme en su interior. Contaba este sitio con un par de ermitas, todas ellas ya en estado de ruina o desaparecidas siglos atrás. Entre la ignota vegetación, sobresale al fondo la espadaña de la iglesia, con un enorme nido de cigüeña en su cúspide. En el centro del edificio, a duras penas, un arco aguanta los envites del tiempo. Es complicado imaginar a los feligreses acudir a los servicios cuando uno casi no puede ni moverse libremente en su angosto interior.
Pero, ¿qué iba a marcar definitivamente el abandono del pueblo?. La respuesta es muy obvia, la proyección y construcción del embalse que iba a hacer acopio de aguas. Se puede ver a simple vista que las aguas no llegaron a sumergir el pueblo, pero si es cierto que estas llegaron a inundar completamente las tierras donde los vecinos de este, y otros pueblos, cultivaban o dejaban pastar a sus animales.
Eso fue lo que apuntilló la vida en esta y otras poblaciones próximas, obligando a sus vecinos a abandonar el sitio lentamente. En 1968 se procedió a la inundación del pantano, sumergiendo bajo sus aguas las poblaciones cercanas. Aun así, algunos residentes resistieron unas cuantas décadas hasta el abandono completo allá por los años 80 aproximadamente.
A finales de la década de los 90, el INEM y CCOO presentaron un proyecto para la recuperación del pueblo, trabajando en él con una serie de talleres. Sin embargo, dicha reconstrucción no llego muy lejos, quedando finalmente el proyecto en el limbo. Posteriormente, diferentes proyectos intentaron medrar en el sitio, desde puertos recreativos a las orillas del embalse, industrias cárnicas, etc… Ninguno llego a buen puerto. Mientras tanto, la naturaleza se abre paso salvaje, como las aguas por las que tuve el placer de pasear, recuperando lo suyo.
Ya alejado del pueblo, bordeo las aguas del pantano, en dirección a mi siguiente destino. Uno de los pastores que a primera hora encontré, me recomendó seguir la senda. Pero yo, como soy especial, fui por otros lares, encontrándome esta naturaleza indómita que tanto me gusta y rincones especiales como esta cueva bajo una peña y que no pude ni quise evitar explorar.
Tras los sillares que componían una rústica entrada, encuentra esta sala, llena de barro seco, madera y rocas. Está claro que este lugar era usado en su momento como refugio para los animales. Quizás en la actualidad, algunas de las vacas o caballos que pululan salvajes por el paraje lo sigan utilizando. Para mi, era momento de recoger mis bártulos y encaminarme a mi siguiente destino, que distaba unos 5 kilómetros de ahí. No quería perder mucho tiempo.
Finalmente, una inmensa mole rocosa me impidió avanzar como yo quería hacerlo. No tuve más remedio que capitular y volver al camino, bien marcado, todo se diga, que separaba ambas poblaciones. Si al final te indican algo, por algo será, valga la redundancia. Y así, entre aguas, caballos y vacas, una kilométrica cuesta arriba me acompañaba hasta el siguiente pueblo abandonado. Esta jornada, no podía ser mejor. Os espero en la próxima entrada del blog.


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