miércoles, 26 de julio de 2023

Urbex en un pueblo olvidado junto a la orilla de un pantano

 

 Olvidado a los pies de un cerro, se encuentran los restos cadavéricos de este pueblo, antaño prospero y con multitud de tierras para labrar y criar a sus animales. Hoy, estas tierras yacen en las profundidades acuáticas de un pantano. ¿Cuál es la historia de este lugar?, os la cuento. Si queréis conocer mi inicio en esta ruta, aquí os enlazo el artículo anterior, de este modo, se puede ampliar el contexto de todo. 

 

Difícil fue para mí «escalar» los cerca de 5 kilómetros que separan este pueblo abandonado de mi anterior exploración. Pero si subir es difícil, no creáis que la bajada fue un lecho de rosas. El camino es hermoso, rodeado de vegetación y árboles que lo tornan en encantador. Sin embargo, el mal estado del camino, plagado de agujeros y baches, es un gran escollo para cualquier tobillo o rodilla que se precie. Aun así, una vez abajo, no tuve más que girar a la izquierda de la bifurcación en la que estaba y a los pocos metros, flanqueado por una gran verja que a nada cercaba, aparecieron frente a mí las ruinas de este lugar abandonado.
 
 
Puede parecer imposible, pero este pueblo estaba formado por más de una veintena de casas, de la cuales, solo son reconocibles como tales, tres. Sus tierras también fueron inundadas por la construcción del infame pantano del que en el artículo anterior os hable, por tanto, los vecinos que aquí residían no tuvieron más opción que escapar. Era 1968 cuando el agua llegó y las personas marcharon.
 
Aquí, con más detalle, uno de los primeros edificios que nos da la bienvenida a este pueblo abandonado. El estado de ruina que encontramos es absoluto. Aunque sus muros de fuera se encuentren empecinados en no caer, sus interiores ya discreparon de ello hace décadas. En el suelo solo encontramos ruina, cascotes y viejas vigas de madera. 
A la izquierda, los restos de un gran ventanal.
A la derecha, tenemos el acceso a lo que pudiera ser algún tipo de almacén donde guardar los aparatajes del campo. No me pareció en ningún momento que pudiera ser una cuadra.
 
Una vez abandonamos la primera parte de la villa, a poco más de una decena de metros, una gran vivienda aparece. Aguanta con orgullo el transcurrir de los tiempos, aunque la climatología y una enorme planta estén dando buena cuenta de la estructura. En su construcción, destacan los anaranjados ladrillos que dibujan los elegantes contornos de las ventanas, las puertas e incluso las columnas. Uno de los edificios más bonitos que he visto. Bien vale detenerse y echarle una buena mirada.

Demacrada por el transcurrir de los años y la falta de cuidados, la fachada de la derecha nos muestra los ladrillos con la que está construida en las alturas. Sus ventanas se encuentran completamente desdibujadas, carcomidas y podridas. Las tejas, que antaño tenían la misión de evitar filtraciones de agua en el interior de la vivienda, ya no pueden realizar su misión, y esta, que no tiene misericordia ni de los recuerdos, debilita gota a gota, cada centímetro de la estructura.


Nada más entrar por la puerta, lo primero con lo que nos encontramos es con la cocina, literalmente. Tanto la sala destinada a la preparación de la comida como el electrodoméstico, se encuentran justo frente a mí. Este me impide acceder a la estancia, donde al fondo vemos como se mantiene en pie una barra. Las estanterías resisten como pueden, al menos la del fondo. La del lado derecho cayó al suelo hace tiempo, al igual que el techo. Diferentes elementos reposan tanto en el suelo como sobre la barra. No hagáis mucho caso de la puerta que al fondo a la izquierda vemos, después sabréis el motivo.


Avanzo por el distribuidor en ruinas de esta casa. Junto a la cocina encuentro una puerta abierta, por la cual me asomo. Imposible entrar dentro, toda la planta superior reposa en el suelo en una amalgama de cascotes y maderos que hacen intransitable la sala. ¿Recodáis la puerta que antes mencioné?, bueno, pues también daba acceso aquí. Ahora ya sabéis por qué os dije que era ignorable.

 

Al final del pasillo, unas escaleras, en un estado correcto, nos elevan hasta la primera planta del edificio. Personalmente, yo no iría más allá de la seguridad de la piedra que sus escalones dan. Arriba, podemos ver como las maderas que conforman el suelo están completamente podridas, muchas de ellas rotas. No confío y no las piso. Pero podemos ver que dicha altura la conforman 3 habitaciones, dos a la izquierda y una a la derecha. Las humedades campan a sus anchas. Al fondo, el suelo nos llevaría hasta la fachada que antes hemos observado por fuera y cuyo piso se encuentra totalmente colapsado sobre la cocina.


Regreso a la planta baja, frente a la cocina y la otra habitación que antes he documentado, encuentro otra gran estancia, ¿o tal vez dos, pero sin pared central? No podría asegurarlo, aunque me decanto por la opción de que, en algún momento, alguien tiro al suelo el tabique que separa las dos salas.
 
Pero si la cocina era llamativa, sin duda este pequeño rincón de la sala que ahora visitamos, es totalmente emotiva y melancólica. La luz solar se colaba por la ventana, dando fuerza a los contrastes entre sombras e iluminaciones que los diferentes muebles del lugar reflectaban. Bajo uno de ellos, al fondo, ya vemos donde podría encontrarse una pequeña chimenea. Los diferentes receptáculos que años atrás guardaban las pertenencias de quienes vivían en esta casa. Ya no queda nada, ya no queda nadie, ni tan solo su recuerdo. Solo su esencia y sus paseos, conversaciones del pasado que se ahogan en una memoria arrastrada por litros, metros y años de agua.

¡Qué bonita y poética es la decadencia para nosotros, pero que triste para quienes tuvieron que abandonar su casa!, esta casa por la cual yo me pasee.


 
Una vista ampliada y detallada de un punto tan especial. Este solo puede transmitir la tristeza de su gente, con una visión demacrada y ruinosa de su exterior. Es como si esas sensaciones hubieran quedado grabadas a fuego e impregnadas en sus paredes.
 
El vecino eterno, el último de ellos. Congelado en el tiempo en forma de estatua, con el óxido conquistando su superficie y mirando sin fin la hermosa fuente del pueblo.

Como si de un cuento de hadas se tratara, la vieja fuente del lugar aún está en pie. Aún está entera. Aún brota el agua de ella. Aunque para ello, hayan tenido que hacer un apaño poco agraciado, colocando un caño de caucho y asegurándolo con cinta. Pero de todos modos, esta es una de las fuentes más bonita, (o la que más), que he encontrado en todas mis exploraciones. A pesar de la improvisación, el tallado de la misma es hermosa y se conserva con mucha dignidad. Los bordes de donde se acumula el agua, erosionados por las aguas y los vientos, tornan en un hermoso e irregular relieve que se ve salpicado de musgo y pequeñas hojas. 
¡Cuanta magia en tan poco sitio!

La última casa al final del pueblo. Más segregada del núcleo y más oculta tras un pequeño montículo y muchas hierbas. Su estado no es perfecto, pero nos otorga el privilegio de poder acceder a su interior y explorarlo libremente.
 
Una vez dentro, no hay suelos, no hay techos, tan solo los huecos que antaño ocupaban ventanas y puertas. De todos modos, en sus paredes adivinamos las antiguas habitaciones de la casa, como si de un grafiti involuntario e inesperado se tratara. Abajo, todavía quedan los pesebres de los cuales comían los animales que ahí se resguardaban.

El techo de la vivienda cuenta ya con innumerables oquedades por las cuales se filtra las inclemencias climáticas. No me creo que pueda resistir tanto y tan bien. El sol ya está bajo, lo cual me recuerda que debo desandar la poco apetecible cantidad de 7 kilómetros para regresar al coche, un par de ellos, cuesta arriba. Así que doy por finalizada mi exploración en este pueblo abandonado a la fuerza, inundado, abandonado, maltratado, pero nunca olvidado y siempre digno. Gracias.


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