Un inmisericorde vendaval de aire me dio la bienvenida nada conquistar el promontorio en el cual, este pequeño pueblo abandonado se encuentra. Una vez fuera del coche, la visión de los diferentes edificios no era muy halagüeña precisamente. Prácticamente, me encontraba ante un esqueleto compuesto únicamente por vigas de madera y paredes de piedra.
Desde las alturas, y gracias a la abnegada labor del dron cochambroso, podemos observar las ruinas de las cerca de 18 casas que vertebraban el lugar. Hoy en día, tan solo restan amasijos de maderas y piedras, en las cuales a duras penas podemos distinguir el trazado urbano. En la lejanía, únicamente un par de fachadas resisten estoicamente la verticalidad.
La fantasmagórica fachada de uno de los edificios mantiene en su interior las incontables vigas que antaño mantenían los suelos y techos para que sus habitantes pudieran hacer vida en su interior. En total, según enumero Pascual Madoz, la villa llego a contar con aproximadamente seis decenas de habitantes entre sus calles. Estos, lentamente, fueron emigrando, marchando la mayoría a un cercano barrio, en el cual disponían de trabajo en una fábrica. Irónicamente, ese barrio se convirtió en pueblo y fagocito el topónimo de este.
Imposible acceder a ninguno de los edificios. Básicamente, porque todo se encuentra totalmente colapsado e impide cualquier intento de progreso en su interior. Ya es imposible intentar visualizar la dura vida que se llevaba en estos interiores.
Dedicábanse a la agricultura, cultivando, entre otros, trigo, cebada, centeno, avena, garbanzos. En cuanto a la vida ganadera, destacaban los animales lanares. En lo que a la caza se refiere, perdices, liebres y conejos eran los que más abundaban. Aun así, la lenta emigración de sus pobladores provocó que en el año 1965, el silencio, la degradación y el vacío se iban a instalar definitivamente aquí.
En el extremo más alejado del pueblo, vemos resistiendo a duras penas la iglesia de nuestra señora La Blanca. Posiblemente, la única estructura, de todas las que aquí se encuentran, que aún es visitable. Si bien, ya podemos darnos cuenta de que el campanario está cediendo inexorablemente al tiempo y la gravedad. Me temo que en no mucho tiempo terminara derrumbado del todo. Una verdadera lástima.
Junto al muro que da forma a uno de los laterales de la iglesia, se encuentra este pequeño patio, flanqueado por una puerta que debe llevar décadas en el suelo. En el interior de este reciento encontramos el pequeño cementerio de la villa, aunque en la actualidad se encuentra absolutamente invadido por la vegetación, lo que lo convierte en intransitable e irreconocible.
A la derecha, un potente contraluz otorga más belleza a la peligrosamente inclinada torre del campanario.
A la izquierda, encontramos con el acceso al interior de la eclesial. Los bonitos muros que conducían a los feligreses a su interior ya han caído, sin embargo, aun el bonito arco de acceso resiste en pie.
Nada más entrar, empiezo a mirar de un lado a otro como si fuera a cruzar una calle. Sí, todo es una ruina, pero una hermosa ruina que me encanta. A mi izquierda, el coro, a mi derecha, el altar mayor. ¿Por dónde empezar?. Junto a la entrada, a mi vera, el desballestado coro aún es reconocible. Ya no hay escalera que permitan subir hasta él, pero sí se ve el acceso, oculto tras una pared y el marco de una puerta. Sobre mi cabeza, el único pedazo de tejado que resta en el edificio, amenaza caer en cualquier momento, así como el campanario, que se inclina muy peligrosamente hacia el interior de la nave.
Una perspectiva más amplia nos permite disfrutar, aún más, de la hermosura interna de este edificio, el cual aún conserva parte de sus pinturas en la pared. Las vigas se turnan entre las que aún logran mantenerse entre pared y pared y aquellas que, ya hace décadas, se precipitaron al suelo irremediablemente. Es una verdadera pena que un edificio tan bonito esté muriendo en directo ante los ojos de quienes deciden disfrutar sus últimos años de vida.
Inclinando la mirada hacia la derecha, podemos ver el extremo opuesto de la nave. Poquito queda del altar, zona que se encuentra asediada por innumerables grietas que devoran el edificio sin compasión.
Entre las vigas, que se entrecruzan como los dedos de dos manos, se dibuja el azul celeste del cielo. El viento, indomable, se cuela entre los huecos y agujeros de todas las estructuras de este pueblo abandonado, hace ya décadas, en pos de una vida mejor y digna. El sitio irradia melancolía en cada una de sus esquinas, pero una melancolía hermosa y encantadora que dota a este lugar de una belleza, a día de hoy, más efímera que nunca.












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