Un castillo abandonado, pero inconquistable e inexpugnable, es el objeto de mi deambular en mi exploración de este día. De él dicen que ni tan siquiera el Cid quiso entablar batalla con él. En su magnífico interior, siglos de historia están contenidos. Empecemos a descubrir que intrigas sucedieron dentro.
Nada más llegar, la impresionante estampa de esta fortaleza roquera nos impacta con su soberbia presencia. Encaramado en lo alto de una peña, su torre del homenaje se asoma al abismo, rodeando este a los inexpugnables muros que lo abrazan.
Como si de una Excalibur se tratara, una inmensa espada se halla incrustada en la roca del suelo, como esperando a alguien capaz de extraerla. Ya puedo deciros que no soy yo esa persona.
Como detalle, por el tamaño del arma, puedo contaros que se trata de una gran espada de batalla de mandoble, que debe ser utilizada a dos manos debido a su tamaño y peso.
Su uso no era el típico uso de una espada, ya que en lo que a esgrima se refiere, no era ágil, sino que se empleaba para realizar estocadas y grandes barridos alrededor del guerrero que la portaba.
Esto no lo sé porque sea muy listo, sino porque le he dado caña a Google, así que vamos al tema del que sí conozco algo, y es la historia de este castillo.
Tras subir una prolongada, pero no cansada cuesta con sus correspondientes escalones, coronamos la cima de este monte y llegamos a la única puerta que permite acceder al interior del recinto. Esta se encuentra protegida por una muralla de sillares y dos torres laterales. A ambos lados de estas, solo hay abismo. Estas paredes, que hoy observamos, fueron elevadas entre los siglos XI y XII por los musulmanes.
Durante la reconquista, este edificio fue pasando de manos musulmanas a cristianas alternadamente. En una de esas incursiones, destaca una en la que el Cid, viendo la dificultad que entrañaba el lugar, se negó a entrar en batalla contra ella, diciendo de esta que era "una peña mui fuert". Al final, ya en el año 1085 sería definitivamente conquistada por Alfonso VI.
A ambos lados de los muros que conforman el patio de armas, podemos ver los restos de los aljibes del castillo, en donde se almacenaba el agua para quienes vivían aquí. Hoy, a pesar de ser reconocibles, se encuentran en tota ruina e invadidos por la vegetación.
Ya en el interior de la torre del homenaje, seguimos con nuestro urbex por las entrañas de esta magnífica fortaleza. En la planta baja encontramos una gran sala completamente diáfana. Junto a esta, unas angostas escaleras nos llevan al primer piso de la torre. Subir estos retorcidos peldaños se torna casi en un ejercicio de alpinismo, dado su enorme inclinación y número. ¡Desde luego los que vivían aquí debían tener unas buenas piernas!
Pero no nos van a detener unas cuantas escaleras y por fin llegamos a la primera altura de la torre. Una gran sala contiene, tras nosotros y delante, un juego de ventanas, por las cuales se cuela el aire como si de un vendaval se tratara. La altura, el tiro de las ventanas y el clima propiciaban esta descomunal fuerza del viento en el interior de la torre. Dentro de lo que cabe, su interior, además de atractivo, se encuentra bien conservado, ¡máxime si tenemos en cuenta que tiene más de un milenio! Si nos fijamos bien, en el lateral izquierdo damos con otro juego de escaleras para llegar al segundo piso.
En el segundo piso, casi clónico del primero que hace escasos momentos hemos explorado, destaca este bonito mirador, en el cual, uno podía sentarse y contemplar las espectaculares vistas sobre la villa a la cual, este castillo abandonado da cobijo y protección.
El vértigo en este lugar se multiplica por mil cuando llegamos a la altura máxima de la torre. Ahí el viento sopla sin compasión ninguna y zarandea al paseante de un lado a otro, como si se tratara de la hoja de un árbol. Si combinamos todo eso con la baja altura de los muros y que bajo nosotros, se halla una caída libre de unos 20 metros, obtenemos una receta ideal para el desastre. Pero en mi caso, fue de un disfrute sin límite. El hermoso entorno que me rodeaba, combinado con el anochecer entre interminables nubes, convirtió este castillo abandonado en una verdadera delicia.
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