Puedo considerarme, hasta cierto punto, privilegiado por poder visitar este convento y descubrirlo en el estado en el que se encuentra. Sus hermosas ruinas se hallan ocultas por el bosque que le da cobijo, como si este quisiera guardarlo en secreto únicamente para el mismo, y no me extraña. Exploremos juntos esta maravilla.
Tras un largo paseo por la montaña, se encuentra oculto por innumerables árboles y vegetación, esta maravilla de construcción. Y cuando digo oculto, lo digo sin exagerar, ya que desde el camino que me condujo hasta su puerta, es prácticamente imposible vislumbrarlo. Una vez he atrochado entre plantas y hierbas, una impresionante fachada de piedra aparece ante mí. Bajo ella un incontable número de sillares que debían conformar su estructura, se encuentran en el suelo. Sobre ella, un interminable manto verde que lentamente devora este edificio que, sin saberlo, iba a cautivarme sin compasión.
En el suelo, el musgo y la humedad le dan un hermoso tono verde a los restos del edificio que reposan en el suelo. Es casi como estar sumergido en un cuento de hadas o algún tipo de historia épica medieval. La magia que este rincón rebosa es prácticamente eterna, y solo paseando en sus cercanías, uno sería capaz de darse cuenta de ello.
Cuando el visitante que escribe estas líneas sé introduce entre las paredes que dan forma a la nave del templo, este se da cuenta de que se halla en otro mundo, en otra dimensión. Al fondo, sobre una maraña de piedras y rocas que antes contribuían a dar forma a una cuarta parte de la bóveda, encontramos aquello que debió ser el altar principal. Ahora solo podemos ver un enorme agujero en él. Mucho nos dará que comentar, tristemente, esta fotografía que aquí os he traído.
Como si de una serpiente se tratara, el árbol que ocupa todo el centro de la nave se encarama, se enrosca, estrangula el arco central que presta apoyo a las paredes del edificio. Sin saberlo, se encuentra desplazando la piedra angular del mismo, que tiene los días contados. No pasa lo mismo con la bóveda que daba cobijo al altar principal. Tristemente, esta se rindió a la irrespetuosa fuerza de la gravedad, parece ser que a finales del año 2022, desmoronándose dramática contra el suelo. Ya no volverá esta imagen nunca más, eso, no solo le confiere un valor extra a la captura, sino que multiplica hasta lo indecible la experiencia que para mí, atesoro de este convento abandonado.
Una visión más en detalle de la ya difunta cubierta. Mucho soporto para estar tanto tiempo, soportando los rigores del tiempo con una cuarta parte menos. Este edificio tiene sus orígenes allá por finales del siglo XIV. Posteriormente, sufriría una reforma para mejorar su estructura. Irónicamente, ahora, unos pocos siglos después, no le iría mal otra más. Una vez el convento cayó en el más absoluto de los abandonos, sufriría un incendio en su interior, provocado este por carabineros portugueses.
El bosque que lo rodea cuenta con alcornoques, robles, nogales, higueras y cipreses, entre otros árboles, que convierten mi deambular por su estruendoso silencio en una maravilla. Abstraído completamente por el susurrar del viento, el chasquido de las ramas, al bailar estas a su son, comprendo con total claridad porque los monjes que lo levantaron, decidieron hacerlo en este paraje.
Ya fuera de la nave principal, encuentro otras pequeñas dependencias. Estas se hallan diseminadas por el generoso terreno que este ocupa. Aun así, y como ya hemos visto antes, la naturaleza da buena cuenta de ello. Es un poco triste, pero uno debe ser capaz de disfrutar del momento y de la belleza tan especifica que irradia este lugar. Es como esa estrella que lentamente va apagando su brillo, hasta que desaparece finalmente y solo queda como un recuerdo.
Muros exteriores. Las plantas trepan por ellos, juegan, se columpian y se lo pasan bien buscando alimento y la luz del sol. Yo también disfruto cada paso que tengo el privilegio de dar aquí, de manera diferente, sí, pero disfrutando.
La visión del templo desde este ángulo es, cuanto menos, apabullante. Impresiona su altura y como se ve ninguneado por los árboles que lo rodean. Uno de sus muros ya cedió hace tiempo, es un buen sitio para atajar, entrar nuevamente en su interior en busca de mis posesiones, sentarme y disfrutar de mi almuerzo en este jardín de las delicias. Tristemente, el tiempo y la naturaleza siguen su curso y se alimentarán de las paredes que hoy en día vemos aquí. Ya lo hicieron con el techo del altar y lo harán con el resto de la estructura. Aquí queda esto, como un pequeño recuerdo de este delicioso lugar, de como era en su momento y que cambia a marchas forzadas, hasta que un día, tan solo sea una memoria. En el recuerdo de quienes estuvimos aquí, y de esta mente colmena que no olvida jamás, que es internet.










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